July 10, 2026

Sobre el canto litúrgico en nuestras comunidades

Author

Rodolfo Varela

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ORIENTACIONES DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE HONDURAS SOBRE EL CANTO LITÚRGICO EN NUESTRAS COMUNIDADES

Armonía Coral

“La armonía” es un principio universal que se puede aplicar a la convivencia humana satisfactoria y que, en términos musicales, hace referencia a la combinación de varios sonidos que se enlazan para crear sensación de estabilidad y belleza. Podemos también aplicar el término “armonía” como un buen criterio para el canto en nuestras asambleas litúrgicas como acción sagrada. En este sentido, los obispos de Honduras no pretendemos en estas “orientaciones” abarcar la amplitud de registros que el uso de la música hace resonar en nuestras iglesias. Solamente deseamos compartir algunos comentarios puntuales que nos ayuden a mejorar juntos.


Sobre el volumen


Durante más de 1900 años el canto en los templos, que solían contar con muy buena acústica, no se apoyaba en amplificaciones electrónicas. Pensar hoy que música equivale a volumen alto es un grave y extendido error. El volumen de los instrumentos no debe opacar a las voces de los cantantes, ni el canto del coro silenciar a la asamblea. Igualmente, el volumen del coro no debe parecer más potente que el del celebrante o los lectores de la Palabra de Dios.


En general solemos usar un volumen sobre elevado. Un consejo, bajen el volumen y todo será más armónico. Ni nuestras palabras ni nuestros cantos necesitan imponerse por decibelios, sino por el espíritu que las anima. Con que se oiga con claridad, suficiente. Cuanto más natural sea el sonido, más auténtica será la transmisión del mensaje. Y como en todo ámbito eclesial, debemos evitar protagonismos que puedan opacar la centralidad del misterio de Cristo. La belleza de la liturgia consiste en “desaparecer para que Cristo aparezca”, conforme enseñó Juan Bautista (Jn3,30).


La música litúrgica no es un adorno o un empaque exterior “acogido” en la celebración, exhibiéndose a sí misma como si fuera un espectáculo. La música adquiere un papel pedagógico cuando orienta santamente los sentimientos del corazón elevándolos a Dios y transformándolos en oración. Quien desempeña una tarea a favor de la comunidad eclesial debe tener siempre presente este importantísimo principio: es ante todo servicio, por lo que tiene las características de gratuidad, devoción, amor y espíritu de sacrificio. 


Sobre la selección de los cantos


Sabemos que debemos elegir los cantos conforme al tiempo litúrgico, la festividad que se celebra, y porque no, conforme a los gustos de cada comunidad.


Se pide que los cantos sean propios de la liturgia, no adaptaciones de cantos profanos. Las letras deben ser de inspiración bíblica o espiritual, y la música debe tener una tonalidad que inspire a la oración y la alabanza divina. Un criterio fundamental para escoger los cantos es que la letra sea conforme a los libros litúrgicos, especialmente aquellos que son parte del ordinario de la Misa (ten piedad, aleluya, santo, cordero de Dios). Algunos ritmos asociados a estilos musicales anticristianos, no se deben utilizar para evitar confusiones y distracciones.


Con todo, pensamos que no hay que caer en rigorismos. Hay cantos que, aun con origen desconocido, son ampliamente usados en la Iglesia universal. Consideramos que su misma práctica los han incorporado ya al repertorio propiamente católico. Merece la pena decir, que el uso eclesial continuado es uno de los criterios de validación. Hemos de evitar escándalos innecesarios, pero tampoco ceñirnos a unos listados preestablecidos. “La Iglesia aprueba y admite en el culto divino todas las formas de verdadera música de arte, con tal que estén dotadas de las cualidades requeridas” (Sacrosanctum Concilium, n. 112). La Iglesia, siendo una, es también diversa. En las mismas rúbricas litúrgicas se contemplan distintas opciones conforme a los usos y costumbres de cada lugar. Así mismo, el gusto musical de una región, debidamente adaptado, puede ser incorporado al canto sacro de una comunidad. “Según la tradición de la Iglesia universal, algunos pueblos poseen cantos particulares que se han ido incorporando a la liturgia, siempre que convengan al carácter de la acción sagrada y a la dignidad del lugar sagrado” (Sacrosanctum Concilium, n. 119).


Sobre la relación coro, asamblea, presidente


No son tres elementos independientes. Conviene evitar tanto protagonismos indebidos, como actitudes pasivas y desconectadas. El presidente de la celebración, normalmente un sacerdote, in persona Cristi, es el que lleva el orden y los tiempos. A él corresponde interactuar con la Asamblea eclesial de manera que todos sean y se sientan parte del misterio celebrado. Así como los lectores, los ostiarios, y otros servidores, al Coro le corresponde, según su función, servir a la Asamblea toda. No hablamos pues de elementos independientes, ni siquiera de tiempos repartidos: “ahora canto yo, después lees tú”, como si esos momentos pertenecieran a fines distintos. Todo en la celebración debe tener una armonía, es decir, una proporción adecuada que ayude a prestar atención y, en definitiva, vivir el misterio celebrado. De ahí brota la auténtica belleza de la liturgia. No hablamos de elementos bonitos independientes, sino profundamente entrelazados, de manera que la celebración toda (principalmente la Santa Misa), adquiera una belleza digna de la presencia divina.


La recomendación práctica es que el cantor principal o el director/a del coro mire hacia el altar, para poder coordinar mejor su participación con el conjunto de la celebración. Conviene promover la figura del “director/a de canto”, persona debidamente preparada, que a modo de “discreto director de orquesta” anima y modera la participación de la asamblea en los cantos.


A modo de conclusión


El fin último del canto litúrgico es vivir con mayor profundidad el misterio celebrado. Por ello está llamado a realizar su misión no solo con buena armonía musical, sino de manera que contribuya a la debida proporción de todos los elementos celebrativos. Ello no aminora el valor de los cantores y los músicos, sino que los sitúa adecuadamente, de forma que contribuyan según su modo, a manifestar la comunión y alabar la divinidad. La belleza de la música nos remite a la belleza de la obra divina y a la relación de la creación con su creador. 18 De alguna manera, la armonía del canto coral es un signo y un ensayo del canto celestial, en el que por siglos sin fin alabaremos a Dios en el cielo. Es, por tanto, una escuela de eternidad.19 En Tegucigalpa, 29 de junio de 2026. Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo.


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